jueves, agosto 03, 2006

Hay segundas partes que valen la vida

¿Cuánto vale ese par de zapatos? Era lo que un amigo de mi infancia, llamado Oscar, solía preguntar a los 15 años, antes de gritar “¡Tas tumbao, me los das o te exploto!”. De eso hace 10 años, y lo recuerdo porque siendo su amigo y todo, precisamente como por esta fecha en ese mismo periodo de tiempo, llegó a decírmelo, con un calibre 38 en la mano y los ojos perdidos quien sabe en donde. No le di nada, pues fue más fuerte decirle “No seas güevon, trabaja para que te ganes unos igual”. Dentro del Crack aun quedaba un rastro de su humanidad.

Unos 8 años antes de eso, en el mar de niños pobres que salíamos corriendo al sonar el vetusto timbre de mi escuela, Oscar iba con sus dos cuadernitos y su libro usado por su hermano, feliz por haber sacado un 20, pero con la tristeza por saber que no sería el quien se comería un helado en el carrito de Tío Rico que siempre llevaba el señor Trinitario que una tarde más nunca volvió.

Esa cara de niño inocente se perdió en la más dura de las pobrezas. Mientras en las calles ardía el caucho quemado pidiendo la salida de CAP, y en Yare un hombre leía los libros para poder comprender mejor el entorno, Oscar cayó en las garras del vicio para que el ardor de su estomago vacío no siguiera matándolo por las noches. Era muy pequeño, pero ni idea que era la llave a su propio infierno.

El colegio culminó en el 93 y para Oscar, los cuadernos se quedaron en ese año, bajo el pupitre donde siempre los olvidaba, para que los guardara la maestra. La calle fue su escuela, sin embargo, seguíamos siendo sus amigos. Por más riesgos que corrió, nunca le pasó nada, ni una herida, ni un rasguño, ni siquiera un coñazo de parte de un policía.

Luego de aquel episodio, donde me canto el popular quieto, se perdió por muchos años, apenado de no controlar sus impulsos. Esa ausencia se rompió una mañana en que se me acercó un muchacho con un folleto de una iglesia evangélica, y reconocí esa misma cara que bajaba por las escaleras de la escuela y se iba caminando como 7 cuadras largas para subir hacia el cerro donde moraba.

Oscar, de 24 años, había transformado su vida. Me contó sus experiencias y como “el señor [le] dio una segunda oportunidad”. Quien imaginaria que ese ser que había bajado hasta lo profundo, se levantaría y ver la vida nuevamente a la cara.

Esta mañana, mientras tomaba el taxi que maneja un amigo común, me decía “Sabes que, coño, el mes pasado mataron a Oscar de una puñalada, al parecer fue uno de esos piedrero, para robarle los zapatos, cuando iba por un callejón de noche”. Las ironías de la vida. Oscar se dio una segunda oportunidad y le valió su propia vida.

1 comentario:

ironumora77 dijo...

Sabes hace unos días envie un comentario sobre lo que escribiste acerca de la candidatura de Manuel Rosales, pero creo que no te llegó, la vedad te anticipo que reconozco que mis comentarios estuvieron algo fuertes aunque mantengo mi posicion, sin embargo esto que haz escrito, me ha llamado mucho la atención es realmente triste que cosas como estas esten pasando, son las ironias de la vida que tanto nos uesta comprender. Lamento mucho la pérdida de tu amigo aunque creo en lo personal que su muerte es la verdadera segunda opotunidad que le dio el señor o quizas la recompensa por haber retomado el buen camino.