jueves, noviembre 17, 2005

Anderson I: Cuidar las palabras que se dicen

El autobús se va llenando de pasajeros, pero hay un puesto que está al lado del chofer que ya tiene una pasajera. La hija del dueño de un pasquín ultraderechista, Patricia Poleo, sigue prófuga. Hace unas semanas, se le hizo la imputación formal por parte del Ministerio Público, por su presunta participación en el asesinato del Fiscal 4º Nacional Ambiental, Danilo Baltasar Anderson, acontecido en la noche del 18 de noviembre de 2004.

Pero mejor no le dedico este artículo a la loca esa. Creo que los más pendejos hechos de ese día, para mi se convirtieron en un raro peso sobre la conciencia y paso a explicar los motivos.

Venezuela es un país de altos y bajos, aunque por mucho tiempo en los últimos 4 años, la vaina se ha mantenido en tonos muy elevados, que como muestras tienen mis canas de 24 años. Luego de los comicios regionales, la oposición se puso ladilla, fastidiosa, fofa, predecible muy por encima de lo que ya estábamos acostumbrados. Tal vez me volví en un ser masoquista, sobretodo en mi trabajo, que depende de la comunicación.

Esos días de noviembre resultaban de lo más estresante, pues no había información que publicar, nada que comentar, y solo se repetían discursos de lado y lado. Ni siquiera Bush estaba jodiendo, como para justificar la vaina.

Veníamos de una intensa campaña electoral y de un proceso que significó el arrase de las fuerzas revolucionarias y nos bajaron la temperatura de forma drástica. Un día de noviembre, específicamente el jueves 18, se me ocurrió dejar salir media hora más temprano a mis dos redactoras, y la que tenia encargada de las traducciones, se quedaba un poco más, ya que había realizado unas diligencias en el banco durante la mañana.

Escuchaba música para hacer más llevadera la inerte actividad informativa. Un rato después llegó el pana Eduardo para amenizar la vaina, con su particular forma de vivir esto que se llama vida. La traductora se fue, y yo, ante la ausencia de algo que hacer, le notifique a la jefa que me retiraba, aunque ya Lubrio estaba por allí pendiente de cualquier cosa.

Como Eduardo se había mudado cerca de mi casa, aproveche la cola que me daba en su catanare verde, mejor conocido como La Pequeña Bonanza”. Bajamos por El Rosal, y el tráfico estaba libre. Al entrar por la autopista, comenzamos a conversar y en eso, Eduardo me pregunta: “¿Cómo esta la vaina con la página?” a lo que le conteste “¡No joda! Estos pajuos de los escuálidos se dieron su culazo ahorita el 31 y se acabo la diversión, porque ellos eran los que nos entretenían con todos sus planes locos de bolas a ver si tumbaban al jefe (Chávez)”; me responde el compañero “Coño si vale, que verga tan loca, se quedaron fritos, no aguantaron el carajazo del Referéndum, Chávez los fulminó con esos 6 millones de carajos y le falto gente que jode que no se caló esas colas mamarras”, rematando yo con la petición de la cual de alguna manera, me arrepentiré siempre “Verga si, que bolas, pero pase alguna vaina rápido, no joda, que se forme otro peo o escándalo de esos que arman los de Globomojon y que nosotros nos fajamos a desmontarlos cagaos de la risa, porque me voy a venir quedando dormido en la oficina”.

La mujer del pana, lo llamó y al parecer le contó que no le había dado chance de cocinar, ante lo que le plantee al pana irnos a comernos una hamburguesas por Santa Mónica. Salimos de la autopista y nos internamos por El Recreo, bajamos al antiguo Maxi’s y entramos a los Chaguaramos por la UBV. Cerca de allí, nos quisimos parar en una esquina donde queda una venta de Hamburguesas, pero le vimos tan mala vida, que le insistí al pana “coño vamonos de aquí, está vaina no me gusta… mejor vayamos a Don Pepe”, sin mucha discusión, prendió otra vez el carro y salimos para el hogar de la Parriburguer. Matamos el hambre y seguimos el camino. Me dejó en la esquina del barrio y se fue a su casa.

Llegue al hogar y me di cuenta que apenas eran las 9 de la noche. El tiempo había transcurrido de manera bastante lenta. Entre a mi comandancia, salude a mi progenitora y me iba a poner a chatear, cuando el teléfono sonó y alguien cuya voz no le entendí, le comunicó a mi madre algo que se puede decir, resultó la polemica familiar del día.

Mi hermana de vaina la cocina no le explota. Llamamos a mi otra hermana, y luego de varios intentos nos logramos comunicar con ella. Cuadramos para ir a Charallave a ver que había ocurrido. Salimos al Terminal del Nuevo Circo, para ver si conseguíamos carro para las Brisas, a eso de las 10 de la noche. Tuvimos que pagar un carro libre, que nos llevó velozmente. Llegamos a la casa y allí estaba medio barrio viendo el peo. Terminamos con el tumulto y nos encerramos en la casa.

La gente seguía afuera, pendiente del chisme o no se de que, cuando de repente, se escuchó que alguien dijo “Verga pana, mataron al tipo”, y no me atreví a salir a preguntar de quien se trataba. Mi celular estaba en poca batería, cuando sonó con su característico pito de lavadora. Al atenderlo, escuche una voz jadeante y nerviosa; era Marianita, una de mis redactoras. Lo primero que escuche que me dijo fue “Carlos, ¡lo mataron! Por Dios Carlos, ¡lo mataron!” interrogué “Coño ¿a quien mataron?” - “Carlos, mataron a Danilo, le pusieron una bomba en el carro”; sin pausa solo solté “¿¡Qué!? ¿Cómo es la vaina? ¿Pero donde lo mataron?”. Marianita, sin poder controlar las palabras por su característico nerviosismo en esas situaciones tensas, alcanzó a decirme “Lo mataron en los Chaguaramos, le volaron el carro, ¡ayy Carlos!, dime ¿qué hacemos? ¿Tú te puedes acercar al sitio? ¿Estas en tú casa?”; solo se me ocurrió preguntarle “Verga ¿y Luigi? ¿Está en línea? Porque yo estoy en el culo del mundo solucionando un peo”; Lubrio se había ido a dormir temprano, como nunca antes lo había hecho, y me tocó llamarlo a su teléfono, y yo sin pilas. Se encargo esa noche de la página, rompiendo el milagro de haber sido el unico día que se había agarrado para dormir. Mande a Mariana a que se quedara tranquila, que se tomara un vaso de agua con azúcar y que tuviera paciencia, la necesitaba completa para el día siguiente. Se metió a ayudar a Luigi.

Prendí el perol de televisor que tenía mi hermana en la casa, y pirateando la antena, medio sintonice un canal que nunca supe cual era. Estaba Rangel en el sitio, informando que el vehiculo era el del Fiscal Anderson, pero no sabían si la persona que yacía calcinada en su interior era el destacado abogado. Trataban desesperadamente de localizarlo por el celular, pero nada, no respondía. Es cuando localice VTV en la destartalada pantalla, y estaba Vanesa Davies, diciendo que llamaban al teléfono del Fiscal y nadie respondía. No se con quien hablaba ella, lo cual es lo único que no recuerdo del asunto, cuando pasaron las imágenes de la camioneta vuelta carbón.

En ese momento hice un traslado en la mente, pues esa era la cerca del sitio donde nos ibamos a parar a comer esa noche, Eduardo y yo. Del carro, había una esquina que quedó intacta, y se veía el color amarillo, que hacia unas semanas antes, me llamó la atención, ya que nadie tenía una camioneta todo terreno de tan peculiar color. Al entrar al trabajo, tuve un encuentro frontal con Anderson, quien hablaba por un celular. Estaba solo en el sitio, vaina que me pareció rara, tomando en cuenta que era un personaje con casos que tocaban el poder económico. Me hizo una mueca de esas que se tienen cuando uno se consigue a alguien de frente, y se trata de ser cortes por breves instantes. Le respondí de igual manera, pero con un “Buenos Días”. Entre a mi oficina y solo me dije “El carajo que salvó VTV durante el Golpe”.

Me senté en una caja y una sola frase me salía de boca: “¡Coño de la puta madre!”. Veía el televisor con arrechera, y entro mi vieja al cuarto: “Hijo, ¿Qué pasa? ¿Por qué tantas groserías?” respondí “Verga mamá, ¿como es posible que hayan matado al tipo este?, esos carajos se fumaron un poste relleno con droga… ¡Coño vieja, esos mal paríos se pasaron de maracas, lo dejaron como un carbón!”. Un golpe a la pared con el puño cerrado, fue la firma final que necesitaba para darme cuenta que estábamos viviendo el inicio de uno de los peores episodios del país. No podía regresar a Caracas, era la media noche. Dormir era lo único que podía hacer. Tenía que madrugar para regresar. Antes de eso, Eduardo me mando un mensaje, solo le respondí: "Chamo, que bolas, me siento culpable por haber pedido que pasara una vaina que resucitara las noticias".

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